C.I

miércoles 3 de febrero de 2010

El juego de la asfixia.


Eugenio Recuenco.

Para el aburrimiento que da leer:


EL JUEGO DE LA ASFIXIA.

En 1944, entre el 23 y el 26 de octubre, se produjo la Batalla del golfo de Leyte, una operación militar dirigida por el General McArthur para liberar a las Filipinas del dominio nipón. Se recuerda por haber sido la batalla naval más violenta del mundo moderno, pero también por ser la primera batalla en la que los japoneses utilizaron soldados kamikazes. El 25 de octubre salieron del acorazado Musashi quince pilotos pertenecientes a un escuadrón de pilotos élite, cuyo nombre era “Los Shinigamis de Tokyo”. Estaban destinados a convertirse en los primeros pilotos suicidas, recordados ahora como un grupo de locos, análogos a los extremistas medio orientales. La flota japonesa estaba en obvia desventaja y los kamikazes, más que una carta bajo la manga, eran un artificio histórico, un simple adorno de mesa. Lo cierto es que el método suicida no era tan práctico como lo consideraron en principio los altos mando y los estrategas oji-rasgados. ¡Pero se vería tan bien en los libros de historia! Pensaron.

Uno de los pilotos del escuadrón de Shinigamis (considerados tradicionalmente espíritus de la muerte) cuyo nombre de pila era Akira Wataya, se había arrepentido minutos antes de realizar la operación que culminaría con su vida. Sus compañeros de escuadrón estaban al tanto y lo alentaron a cumplir el propósito de sus existencias: entregar la vida por el emperador y por Japón. A las 4:30 PM de ese día, Wataya estaba despegando junto a sus catorce compañeros suicidas, me atrevo a especular que no tan convencido como ellos. Quien dirigía la operación desde el Musahsi (su nombre no quedó registrado en los anales de la estupidez humana) permaneció en constante contacto con la aeronave del piloto Wataya. Durante el viaje del piloto hacia el objetivo su superior le recitó varios textos ultra-nacionalistas a través de la radio, que tendrían que terminar de convencerlo. La historia cuenta que en cierto punto el discurso del tipo que estaba seguro en el acorazado, fue interrumpido por una risotada eufórica del tipo inseguro que manejaba un avión en busca de la muerte. La risa duró, según quedó registrado en una grabación que se salvó al posterior hundimiento del Musahsi, diez segundos exactos. También quedaron grabados los últimos comentarios de los compañeros de Akira. Todos coincidían en algo: Wataya no va a dar en el blanco. Unos cientos de metros antes de llegar al objetivo, el piloto inició un Pull-Up dramático alejándose de sus compañeros, quienes para entonces ya habían iniciado el descenso en un ángulo de ataque un poco más radical que el usado cuando se va a disparar. Imagino a Wataya ascendiendo en su avión y riendo como loco por efecto de la anoxia, para luego perder el conocimiento y por ende el control de la nave. He aquí dos de los datos más curiosos de esta anécdota de guerra:

1) Wataya acertó el blanco que tenía originalmente asignado, tras quedar inconsciente y perder el control de la nave.

2) Akira significa alegre.

La historia del piloto japonés me impresionó mucho cuando la escuché por primera vez de boca de Carlos, a quien todos llamábamos el dueño de la homeostasis. A él le gustaba también mucho, la contaba con insistencia, siempre inventaba nuevos detalles u ocultaba otros que habían quedado claros en versiones anteriores. En mí la alteración brotaba de aquel detalle que daba Carlos, fruto de su imaginación: la aeronave brilla con el sol de la tarde, los rayos atraviesan la ventana y acarician suavemente la cara de Akira, quien para entonces tendría que haber empezado a perder la visión periférica y a sentir un efecto disociativo similar al de la ketamina (lo que los crédulos llaman El Túnel). Luego vendría la caída en picada y la oscuridad parcial de la inconciencia que produce la falta de oxigenación en la corteza cerebral. Un doble vértigo se instauraba en mi estómago cuando Carlos contaba esa parte. Para Akira en cambio, todo debió haber sido tan apacible como un paseo en el jardín.

Lo cierto es que los orientales han sostenido una relación muy curiosa con la muerte. Están los budas en vida o Sokushinbutsu, tipos que se momifican ellos mismos durante tres mil días de vida ascética que, paradójicamente, los termina matando y petrificando. Ahorcamientos con pepinos en el culo y caras pintadas de color bermellón. Escritores nacionalistas que se suicidan en público. O el memorable caso del “Manual completo del suicidio”, escrito por Kanzen Jisatsu Manyuaru, que según estadísticas conocidas años después, llevó a que los suicidios de jóvenes de colegio fueran 47% más efectivos. Sin embargo la proliferación de la información (y de los periódicos amarillistas, gracias por existir) nos ha permitido percatarnos que esta relación se extiende al resto del mundo. Se ha perdido el respeto por la muerte. Lo que antes atemorizaba, hoy como mucho asquea o se convierte en dato curioso, justo como el deceso del joven Akira o el más reciente caso del asesino que mataba hombres y dejaba sus penes sobre teléfonos públicos. La muerte se ha convertido en algo engorroso y costoso más que nada. O si no imaginen lo tontos que se debieron haber sentido los economistas oji rasgados al calcular las pérdidas totales fruto de la idea de mandar pilotos a que se estrellaran con todo y aeronave. El costo de la muerte se hace manifiesto también con el auge de casas funerarias y de criptas “cómodas” que se venden a sobreprecio. Yo quiero que me cremen y me metan en un termo, como a Donny Kerabatzos, a quien desperdigaron en el océano Atlántico mientras un gordo hablaba de la guerra de Vietnam.

-Todavía no puedo creer que el suicidio sea tratado en algunos países como un crimen contra el estado.

Por mi parte la muerte nunca me atrajo de la manera adolescente en que atrajo a muchos de mis amigos. Tampoco soy de los que sostienen la mirada en los accidentes, y casi nunca leo una crónica roja completa. Aun así no puedo evitar mirar de reojo la fractura externa de un motociclista accidentado, o echarle un vistazo a la paloma aplastada en mitad de la calle, o leer por encima los titulares de los periódicos amarillistas que hay expuestos en la tienda en la que solía comprar la leche. Es el oscuro magnetismo de lo desagradable, y es también inevitable. Por razones sórdidas, y me imagino universales de la especie, me causa alegría saber que la gente muere de formas muy vergonzosas. Hemos convertido los periódicos amarillistas en vitrina de la inadaptabilidad humana. Todos los leen pero nadie quiere figurar en ellos. Dicha actitud puede derivarse de la vergüenza que sentimos al pensar en sufrir cualquier fatalidad que nos deje en boca de los demás. Preferiría morirme callado a admitir que tengo un cuchillo atascado en el ano (no es un escenario imposible, pero sí improbable). De este miedo irracional al ridículo pre y post mortem, se desprende una pequeña parte de esta historia. Sólo una pequeña parte. Lo demás no tiene ningún jodido sentido, créanme, lo dice un escéptico. Un escéptico que de niño veía enanos deformes que se asomaban por los marcos de la puerta de su casa. Un escéptico que se caga en los pantalones cada vez que siente un ruido “curioso” en la cocina. Un escéptico que aceptó que la vida como la conocemos, es un truco que nos gasta nuestro cerebro y que se acaba cuando éste muere. Pero el escéptico es como el homofóbico, el primero se da la bendición inconscientemente cuando siente el peligro, al otro una erección lo traiciona en el lugar de trabajo, viendo subrepticiamente el culo de algún compañero.

-Pero de alguna manera el estado ha pagado por vos, te han hecho- le dije yo, sin estar de acuerdo con la opinión que mi boca articulaba. Sólo quería llevarle la contraria.

Pues bien, como Carlos me lo contó fue así: Durante toda su vida encontró muy atractivas a las mujeres. Nunca tuvo que fingir placer cuando se revolcaba con ellas, lo sentía de verdad. La forma en que lo decía, hacía que uno entendiera de inmediato que al tipo ya no le gustaban ni un poquito las mujeres. No sé si era el tono descendente que utilizaba al pronunciar la palabra “mujeres” el que hacía parecer que la sola mención de esos seres le producía vergüenza. La historia contaba con recuerdos muy vívidos de las aventuras sexuales de Carlos el heterosexual homofóbico. El tono de la voz de Carlos se volvía más susurrado cuando empezaba a contar la otra parte de la historia, su caída en la enfermedad, como él lo veía. Un jueves, a las cuatro y cuarenta - hora del microondas- mientras preparaba un café en la sucia cocina del lugar donde trabajaba, Carlos descubrió no sólo que estaba mirando descaradamente el culo de uno de sus compañeros de oficina, sino que además tenía una erección portentosa. Lo dijo con asco, yo lo escuché con asco y le indiqué con un gesto que sacáramos el tema de la conversación. Yo no soy homofóbico, pero me altero cuando un tipo admite haber tenido una erección mirando mi culo.

-Te daría la razón si fuéramos animales eusociales, como las abejas, las hormigas o las rata topo lampiñas somalíes. Pero no es así.

Nuestro lugar de trabajo era muy bien iluminado, dejaba al descubierto el tedio de cada uno de los empleados. Nunca entendí bien qué era lo que hacíamos. Yo pasaba gran parte del tiempo navegando la Internet en el computador de mi cubículo. Cuando no, rellenaba algunas bases de datos o corregía las cartas y los memorandos de la empresa. De todas maneras no sabía qué hacíamos y tampoco me importaba. Era como si leyera todos esos documentos sin leerlos de verdad, haciendo caso omiso de los estúpidos formalismos burocráticos. Lo que hacía Carlos me parecía más misterioso aún: tenía que traducir al español una infinidad de circulares y comunicados de empresas de medio pelo alrededor del mundo. ¿Para qué tenía que traducir Carlos una circular de una algodonera gringa fechada el 5 de febrero de 2003? Ni idea. A él tampoco le importaba.

Antes, cuando no sabía nada de Carlos, el tipo pasaba desapercibido con mucha facilidad. Su forma de vestir era sencilla por no decir genérica, lo que reforzaba su invisibilidad. Hasta que un día se acercó a mi cubículo y me dijo que el día anterior había tenido una erección viendo mi culo. Me quedé congelado y le pedí que cambiara de tema de inmediato. Reaccioné ante Carlos como una presa que descubre el camuflaje de su depredador y él se dio cuenta de eso con facilidad. Me explicó rápidamente su problema y me dio a entender que no tenía que temer, porque al igual que yo, él odiaba a los maricas. Sólo quería entender el incidente del día anterior, me dijo Yo no odio a los maricas, le respondí en voz baja mientras me frotaba la frente. Intuía que las cosas no iban a terminar ahí. Con lo iluminado que era nuestro lugar de trabajo, pasé tres años sin distinguirlo entre los demás borregos.

-¿Rata topo lampiña somalí?- pregunté.

Carlos no volvió a mencionar mi culo en un muy buen tiempo, cosa que agradezco. De ello dependió que nos volviéramos muy buenos amigos. Otro factor importante fueron sus historias particulares, que aparecían en cualquier conversación escueta que uno sostuviera con él. Leía mucho, más que todo datos curiosos en la Internet. Se nutría día a día de rarezas que superan la ficción, con el fin de maravillar a la gente con ellas. Tenía un muy buen compendio, mis favoritas eran: los conejos ríen antes de morir, la lengua khoisan posee 144 fonemas y los indios mohawk konawaga no le tienen miedo a las alturas. Contados por él sonaban mucho más interesantes, no se puede remediar.

Todo pudo haber terminado ahí. Un compañero más de trabajo con el que se intercambian impresiones del medio en el que se está inmerso, o dicho de manera menos elaborada: chismorreo de oficina. El tipo tenía una gran capacidad para resaltar los defectos propios y ajenos, algo invaluable en toda persona. Pudo haber terminado ahí, como muchos de los potenciales de la vida. Pero no fue así.

Me gusta la filosofía del tal vez. Deja las puertas abiertas a la acción sin requerir acción como tal. Un tipo muy conciso me dijo una vez que todo en la vida se resume a decir no o sí. Que incluso el acto de vivir es un sí, hasta que se convierte en un no. No sé qué pensar de las opiniones de mi amigo conciso…porque a mi me gusta el tal vez, la ambivalencia. Pero el tal vez es un arma de doble filo. Un día Carlos estaba de muy buen humor y me dijo:

-Quiero que conozcas a María, es una muy buena amiga y creo que te va a caer muy bien. En estos días quiero que salgas con nosotros dos y otro par de amigos. Mira, es difícil encontrar personas divertidas en estos días, sólo quiero que les des una oportunidad.

-No sé, tal vez. ¿Cómo son ellos?

-Son unos roedores que viven más que cualquier otro roedor, comen mierda, cavan túneles y en sus genes se esconde la cura para el cáncer. Pero lo más curioso es que son como abejas, hay una rata gigante que es la reina y pare crías todo el tiempo. Otras 200 o 300 ratas zánganos cavan túneles y le consiguen comida a su amada reina.

-Ya veo. Puede ser, no estoy seguro.

-Dale, decí que sí. Se ve a leguas que sos un solitario aburridor y te vendría bien un poco de espíritu de grupo.

-Como si ser solitario tuviera algo de malo- repuse con tono sombrío. Él se quedó mirándome serio.

-Está bien. ¿El viernes pueden?- pregunté.

-Sí.

Llegué a casa de Diana con lo que Carlos me pidió: una botella de vodka, chucherías y marihuana. Al principio me sorprendió que me pidiera drogas y que además fuera tan descarado en la forma en la que me pedía que las consiguiera. ¿De dónde sacaba el imbécil que yo era el adecuado para esa misión? Me pregunté entonces, si él ni siquiera me conocía tan bien. Mientras caminaba buscando la dirección que Carlos me había anotado en una servilleta, sentía algo extraño actuando en mi cuerpo, entorpeciendo mis movimientos e incluso mis pensamientos. Hacía mucho no lo sentía, y era porque hacía mucho no consideraba conocer gente nueva. Ese ente que actuaba en mi cuerpo odiaba las sorpresas y cuando él se despertaba yo me volvía gelatina. Empecé a sudar mucho. Cuando eso me sucedía, cuando uno de esos entes que vivían en mi cerebro me poseía, sentía rabia por no poder controlar lo que creía mío, es decir mi cuerpo. Cerebralizar la anomalía lo hacía mucho peor. Si no está haciendo calor, si no estoy caminando muy rápido, si ningún depredador me está persiguiendo ¿por qué carajos estoy sudando a litros? Mis glándulas sudoríparas se revelaron contra la evolución, me quejé entre los dientes del cerebro.

A veces me gustaría poder creer en dios, para madrearlo con todas las groserías de categoría cinco que conozco. Ese viernes era uno de esos días.

-Hola- dije fingiendo una sonrisa y agitando mi mano en diferentes direcciones. Un memo completo.

-Hola.

-Hola.

-Hola.

-Él es el tipo del trabajo que les decía. Y ellos son María, Diana y Jaime.

-Aquí están las cosas que me encargaron- dije. Luego intenté poner todo en la mesita de la sala, pero mis movimientos eran tan torpes que Diana tuvo que ayudarme. María y Jaime se rieron un poco de mi imbecilidad. Para ellos el hielo había sido roto, yo en cambio me sentía ensartado en la punta de un iceberg.

El ritual ha comenzado, me dije. Respira profundo. Asiente una y otra vez. No desesperes, trata de no hablar mucho, no llames la atención sobre ti. De una u otra manera terminarán hablando de ti, preguntándote por tu vida. Deberías estar en casa, me decía ahora el ente. Yo le concedí la razón.

Carlos trajo vasos, una hielera y el vodka. Pero además trajo un fajo de billetes de mil pesos, que correspondían a la parte de ellos en lo que se compró. El detalle me animó un poco. El ente se apaciguó también. Quién iba a pensar que se tranquilizaría con dinero.

Al estar más centrado pude prestar atención a mis anfitriones. A diferencia de los pocos amigos que tuve en el pasado, estos no levantaban sus voces para hacerse escuchar. Eran muy buenos conversando. Cuando alguien hablaba los otros escuchaban. A veces nadie hablaba, sólo se escuchaban los sorbos de vodka. Después de terminar el tercer vaso de vodka, Carlos empezó a contar la historia de Akira Wataya el séptimo Shinigami de Tokyo…

-Es una historia muy bonita- dijo Diana con su voz delgada. –Por un momento creí que le habían suministrado óxido nitroso para que cumpliera la misión.

Me quedé perplejo.

-¿Cuál es ese?- preguntó María rascándose la cabeza.

-El gas de la risa- respondió Diana como si esperara la pregunta. –Pero ya luego el dueño de la homeostasis nos explicó que fue anoxia lo que sufrió el piloto.

Me quedé perplejo.

-¿Y qué es lo que es la anoxia Dianita?- volvió a preguntar María.

Jaime se llevó la mano a la cara.

-¿No te acordás de nada de la universidad y seguís practicando?

-Pero si estoy molestando.

-¿Cómo así? ¿Ustedes son médicos?- pregunté yo con la misma perplejidad que sobre actuaba María en sus preguntas. Los cuatro asintieron.

-De ahí nos conocemos- dijo Carlos. Y antes de que yo me apresurara a preguntarle lo obvio él me respondió:

-No soporto la sangre ni los fluidos corporales.

-¿Y cómo pasaste la universidad?- Él negó, indicando que nunca se había graduado.

-¿Entonces qué es la anoxia?- pregunté.

Diana sonrió.

-¿Y a este por qué le dio la preguntadera?

Había recuperado la confianza.

Esa noche nos emborrachamos. Terminamos el vodka y mandamos a traer una botella de aguardiente. La conversación era entretenida, pasando de basura banal a otra basura un poco menos banal, con visos de inteligencia incluso. Eran un grupo de gente divertida, con un sentido del humor sutil. Sabían conversar.

Al final de la noche Carlos nos preguntó si nos habíamos sentido alguna vez por fuera de nuestro personaje, como si fuéramos una personalidad que surge de manera muy apresurada de los abismos del cerebro y no es capaz de amoldarse a la vieja personalidad. Sentirse en el pellejo de un extraño, decía Carlos. Todos nos quedamos pensando.

-Yo una vez- empezó Diana –tenía encima dos ácidos, mucho licor y otras cosas que ni me acuerdo, y pasé por una ventana de esas que parecen espejos, y cuando me miré fue como ver a un desconocido. De hecho me acerqué mucho hasta la superficie, pero lo único que sentía es que esa extraña me estaba invadiendo el espacio personal. ¿Algo así es lo que decís?

-Más o menos, pero no del todo. ¿Y vos Mari?

María negó con la cabeza. Carlos miró a Jaime, quien negó también con la cabeza.

-Pues- dijo Carlos pausadamente –a mí me pasó hace muy poco. De hecho esa es la razón por la que conozco a nuestro amigo silencioso y apático de aquí a mi derecha.

Mierda, pensé. Va a contar la historia de la erección. Cuando estaba a punto de detenerlo, lo hizo María.

-No, otra vez la historia de la erección no.

Enrojecí.

-Lo pongo de ejemplo porque es algo así. Como ustedes saben yo odio a los maricas…-los otros tres suspiraron.

-Sí, ya entendí- dije apresuradamente para cambiar de tema. –A mí también me pasó algo parecido una vez.

-¿Se te paró con un extraño?- preguntó maliciosamente Diana.

Enrojecí mucho más.

-No, no, lo de sentirse en el pellejo de un extraño.

-¿Cómo fue?

-Primero tengo que dejar claro que soy ateo y escéptico. No me gusta hablar de planos astrales, ni de seres extraterrestres que contra toda lógica se comunican con campesinos iletrados, ni de fantasmas vestidos, como si la ropa también se muriera, mucho menos de un ser imaginario que gobierna la creación con guante de hierro.

Mientras hablaba se me bajaba la vergüenza.

-Me encanta cuando la gente da rodeos- dijo María.

-¿Sí? Yo lo odio- dijo Jaime.

-Déjenlo seguir.

Respiré un poco. Sentí que la cara se perlaba de sudor, podía escucharlo salir, como si se tratara de una fuente natural.

-Pues un día estaba viajando en avión y antes de salir del valle de Aburrá, los motores se apagaron. El piloto nos explicó la situación. Tendríamos que regresar al aeropuerto de la ciudad, únicamente planeando. Por suerte era una de esas avionetas pequeñas, a las que se les da más fácil ese tipo de maniobras. Traté de calmarme, pero los otros pasajeros estaban muy alterados. Casi llegando al aeropuerto, el avión se sacudió muy maluco. Del susto me di la bendición tres veces y me encomendé al dios cristiano. Me bajé de esa avioneta sintiéndome una porquería. Desde entonces odio a mi mano derecha.

Los tres se soltaron a reír. Yo no sabía por qué, hace tanto no estaba borracho en compañía que ya lo había olvidado. También me largué a reír, nos habíamos caído bien.

Carlos sin embargo seguía serio. Desde entonces asocié su postura introspectiva con la erección que mi culo le causó.

Los empecé a frecuentar.

Tuve la oportunidad de copular sin fines reproductivos con las dos hembras.

Hasta donde sabía, el otro macho, Jaime, tenía los mismos beneficios.

Al dueño de la homeostasis no le importaba nada de eso, o así parecía.

Un día, mientras follaba con María, pensé en las rata topo lampiñas somalíes.

El tiempo siguió su curso, pero ahora con una inusitada velocidad.

-Una vez leí por ahí que todos los humanos tenemos en nuestro cerebro la imagen de un jardín, un jardín muy bonito- ya todos estábamos muy borrachos y escuchábamos a Carlos a través de unas oxicodonas que nos había recetado Jaime. –En ese jardín se siente una paz enorme. La imagen del jardín es inaccesible de manera conciente. Pacientes graves con lesiones cerebrales, o muchos que tienen experiencias cercanas con la muerte, pueden ver el jardín. Pero es muy rápido. Sin embargo en 1988 un neurólogo, muy desacreditado por sus compañeros hay que decirlo, se interesó mucho por la historia del jardín extraviado en la psique de los humanos. En su búsqueda se encontró con un paciente que se había recuperado de un coma muy largo. El tipo además había sufrido una lesión cerebral que lo había dejado, en términos clínicos, loco. Pero el neurólogo se enamoró de la historia que le contó el loco:

Había estado en un jardín hermoso en el que es muy difícil mirar hacia algún otro lado que no sea el frente. Pero cuando se logra mirar un poco hacia la izquierda, se percibe la presencia de un hombre. Por el rabillo del ojo izquierdo puedes verlo. El hombre habla de caballos de manera indirecta. Entonces, contaba el paciente, con el rabillo del ojo derecho podía ver un caballo pastando en el jardín. Cuando logró sincronizar ambas imágenes pudo ver una cabaña. En la cabaña, él lo sabía porque sí, reposaba el secreto más grande, la respuesta gorda. Caminó hacia la cabaña, ahora podía hacerlo. Entre más se acercaba, más fácil era. Cuando tocó el pomo de la puerta se despertó.

-¿Y el neurólogo se tragó la historia?- pregunté.

-Se enamoró, que es lo mismo.

-¿Y qué pasó luego?

-Ah, el tipo publicó un libro muy chiflado. Decía que ese jardín es la representación de la paz que el hombre ha construido evolutivamente. Lo del hombre que habla de caballos sin hablar de caballos es lo que los pacientes que tienen muertes clínicas llaman dios. Dice que el cerebro se ingenió eso para no preocupar a las personas moribundas con verdaderos argumentos. Hablar de caballos indirectamente es muy tranquilizante según parece.

-Jaja, pura mierda, ¿o qué?-

-Vaya a saber uno. Quién sabe qué basura ha dejado la evolución en la cabeza de uno.

-¿Y por qué un jardín Carlos?- preguntó María.

-Pues no sé si el tipo diga eso en el libro…de hecho, no me he leído el libro, sólo leí por ahí algo. Pero puedo intentar responderte desde el sentido común: la paz celestial del hombre es un jardín, porque somos animales. Si fuéramos otra cosa, más elevada, no sería jardín del edén, sería otra cosa más elevada del edén. Pero como somos animales, asociamos un jardín con abundancia de alimentos, por ende de hembras, y además la visibilidad es perfecta…no hay leones que se confundan con las rosas. Por eso creo que es un jardín.

-Salud por eso- dijo Diana y todos brindamos con nuestros cócteles de vodka y oxicodona.

-Hablando de jardines y eso, ¿no pillaron la noticia del senador que fue víctima del cortador de penes?-

-Sí, la leí esta mañana, muy desgarradora…

-Hace parte de ellas un carrete con nylon,

Todo en el trabajo seguía igual. Sin embargo nuestros excesos nos habían hecho descuidados, y ya ambos teníamos varias amonestaciones. La vida de los otros tres era más difícil de alterar, sus carreras eran más exigentes. Sin embargo con mi llegada se habían empezado a dar más permisos. Al parecer me había convertido en el personaje que llega al segundo día a una finca, cuando ya todos están hartos los unos de los otros. Por eso siempre me gustó llegar tarde a los paseos, la gente lo apreciaba más a uno. Hasta que también se hartaban de uno.

Habíamos creado lazos de amistad fuertes, que acarreaban gastos prominentes. No sé por qué la gente se empeña en decir que las relaciones humanas son puras cuando el dinero no importa. Algo que me gustaba de ellos cuatro es que lo entendían, comprendían el poder avasallador del dinero, y sin estar de acuerdo con él lo aceptaban. Por esa misma razón quebré. Carlos también quebró. Estábamos gastando al ritmo de unos cirujanos, nosotros unos oficinistas. La habíamos palmado económicamente.

María nos invitó a vivir por unos meses en su casa mientras nos recuperábamos.

Bien, pensé, ya no tengo que gastar buses para venir cada fin de semana.

-…y tienen tiritas de papel, que bien pudieron pertenecer a un periódico viejo, viejo, como del 58…

-Mirá, vos me gustás mucho- me dijo María en el baño, mientras se preparaba un cóctel de pastillas.

-¿Ah sí?- le pregunté incrédulo. –Pero vos sabés que yo y Diana también…

-Sí, sí, yo sé. Eso no tiene nada que ver.

-¿Ah no?

-Pues no. Más bien vamos.

Me tomó de la mano y me guió hasta la sala del apartamento.

Jaime estaba hablando:

-…como cuando con el sacol uno…

-¿Y ustedes son médicos?- les pregunté interrumpiendo a Jaime. –Hablando de sacol y son médicos de chequera grande, vea que me faltan animales locos por conocer en este mundo.

-Es que estábamos hablando, como cosa rara, de la anoxia- dijo Diana fastidiada.

-¿Y de verdad olías pega Jaime?- le pregunté.

-Pues una vez en el instituto, me puse de sapo y le dije a un gamincito a la entrada que yo era médico y que mejor dejara de oler eso, que era malo. Pues el niño me salió con que cómo sabía yo si no lo había probado. Lo probé y, vaya desgracia, me gustó como un putas No lo pude dejar hasta que supe de otras drogas menos dañinas que provocaban anoxia controlada.

-En serio no entiendo cómo les da para ser médicos, y a mí, que soy más relajado con esas cosas, no me da para ser un simple oficinista.

-Son personalidades hermano.

-En su estructura hay dos formas diferentes de árbol procesado. Una más procesada que la otra.

Salí a caminar temprano en la mañana, para descansar de ellos. La casa que María había heredado de su papá era muy grande, pero se sentía mucho la presencia humana. Quería descansar un poco de eso, sobretodo hoy, día en el que atípicamente Jaime y Diana se habían quedado a dormir.

Ya había pasado casi un año de haberlos conocido, pero parecía que fueran apenas un par de meses. Los momentos felices son más fugaces, esa era la única explicación que encontraba. Que el tiempo es una constante cuando no hay viajes interestelares a la velocidad de la luz de por medio o cambios de gravedad notables, eso lo sabía. De todas maneras ese año se había fugado, y no había cárcel humana que pudiera contener el paso del tiempo. Sentí un escalofrío.

Me senté en una esquina. Hacía frío. Me aferré a la chaqueta como parte de una pose estúpida que nadie tendría por qué ver. Me gustó ese gesto lanzado a la nada, sin ninguna finalidad más que reafirmar el derecho a ser estúpido cuando nadie ve. Busqué en el bolsillo las pastillas que me había regalado María, no decían nada en ninguna parte. Saqué el reproductor del otro bolsillo y puse una canción al azar. Me tragué una pepa sin nombre.

-A veces son de color rojo vivo. El color del fondo contra el que se ven, suele ser complementario del rojo.

La gente que estaba en la calle hacía cosas sin importancia. En la entrada de un garaje un niño lavaba una bicicleta. Al lado otro niño más pequeño, su hermano quizá, resolvía una sopa de letras de uno de esos rompe-cocos que venden en los semáforos. A veces las gotitas de agua que salpicaban mojaban el papel y la tinta del lapicero se corría. Los dos, cuando me notaron, se quedaron mirándome. Me había detenido para mirarlos por mucho tiempo, parecía más un acosador infantil que un drogadicto maravillado. Aunque pensándolo bien, ambas cosas son muy graves en lo que a mirar niños detalladamente respecta.

Seguí mi camino. El suelo bajo mis pies se sentía blando, y un suave bienestar se había apoderado de mi cuerpo. A veces miraba hacia atrás, sólo para comprobar que los niños me seguían fulminando con sus miradas infantiles. Muy bien entrenados, pensé. Doblé en varias esquinas guiado por detalles tontos como una niña a la que salpicó un bus, o un tipo que vendía cigarrillos, a quien me acerqué.

-Un cigarrillo tal por favor.

El hombre no me respondió, levantó su dedo y me señaló tales cigarrillos. Me acerqué y tomé uno, lo encendí, le di la moneda y me alejé sin mediar más palabra. Llegué a una avenida un poco más concurrida y me detuve en un paradero de bus a escuchar a un anciano que tocaba música del Huila. No sé por qué me quedé ahí mientras me fumaba el cigarrillo, la música del Huila no tiene nada que ver conmigo. Aunque es muy bonita y triste. Lo disfruté más porque al frente empezó una pelea entre un taxista y un borracho, y el anciano siguió tocando la guitarra como si nada…

-Algunos cuerpos celestes son llamados de la misma manera.

-…entonces el taxista le saltó encima y le golpeó varias veces la cabeza con un tubo. ¿De dónde sacó el tubo? Ni idea.

-Peeero ¿cómo empezó la pelea?- me preguntó María. –Eso no me quedó claro.

-Fue un malentendido. El taxista estaba saludando desde su carro a un chancero, un amigo suyo lo más seguro. El chancero estaba detrás del borracho, por lo que el borracho creyó que era con él. Es muy charro porque la señal de saludo con las manos, la que dice, ¿hey cómo estás?, también es la misma que pregunta, en otras circunstancias ¿qué te pasó conmigo, cuál es tu problema? De ahí el malentendido.

-Sí, verdad…-dijo Carlos pensativo. –Un gesto hecho para equivocarse.

No les conté nada del señor del Huila ni de los niños en el garaje.

-¿Y el éxtasis que te di, bueno?

-Fue divertido- respondí.

Luego nos quedamos callados, bebiendo la limonada que había hecho para todos. El frío se había disipado con la mañana para dar paso a una bochornosa tarde. Los cinco estábamos con poca ropa en el balcón de la casa de María.

-Bueno, ¿y ustedes dos qué? ¿Cuándo piensan salir de la casa de María?- preguntó Diana. Tenía por hábito hacer ese tipo de preguntas que sólo buscan incomodar. No lo hacía con verdadera malicia. Balbuceé algunas palabras que no se entendieron. Carlos, en cambio, dijo muy tranquilo:

-Cuando llegue el momento.

María también se apresuró a decir algo:

-Pero si a mi no me molesta ni un poquito.

Entonces supe que ella estaba de verdad enamorada de mí. De nuevo, todo debió haber sido por culpa de las inflexiones, que casi siempre dejan desnudas las verdaderas intenciones de las palabras. Vislumbré en la cara de Jaime pensamientos parecidos a los míos, pero pudo haber sido mi imaginación.

-¿De qué me estás hablando?- pregunto.

Estábamos de buen humor. La conversación fluía con facilidad, como la brisa que empezaba a bajar de las montañas. El sol se ponía mientras nosotros reíamos, ese extraño e inútil don humano. La combinación correcta de estímulos hizo que me sintiera renovado, como si el ritual de la charla banal fuera un desinfectante de los males del mundo. Pero además estaba el atardecer, fuente de sosiego para cualquier ser humano cuerdo y sano. Me apoyé contra la baranda del balcón y aspiré profundamente el aire cálido de la tarde.

No sé por qué recordé al ente en ese preciso instante, mientras el aire recorría todo su camino hacia los pulmones. No había pensado en él en mucho tiempo, y él tampoco se había hecho manifiesto desde la última vez, cuando conocí a los amigos de Carlos con el estómago en la mano. Pero en ese momento que pensé en él, como si hubiera una conexión directa, estiró sus brazos desperezándose. Un leve escalofrío me recorrió el espinazo.

Parecía que estuviera viendo el horizonte, serio, sereno, contemplando el sol con desapego, incluso mi rostro podría haber emulado muy bien el rostro de Carlos cuando pensaba en el incidente de la erección. A lo lejos escuchaba que hablaban de Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio. Pero además de eso, era poca la atención que prestaba al mundo de afuera. Mis ojos internos estaban viendo al ente despertar, lo contemplaban curiosos: ¡había cambiado!

El ente era otro. En esencia seguía siendo el mismo, pero en los detalles era una nueva persona. Y se parecía mucho a mí. Claro, después de todo es una metáfora para hablar de mi otro yo, al que no conocía porque se ocultaba bajo la corteza cerebral, es decir, fuera del alcance de mi conciencia. El ente que toma las decisiones importantes, como el ritmo cardíaco, la cantidad de oxitocina o la chica que me debe gustar. Igual de atrofiado que yo.

En esencia seguía siendo el mismo: odiaba el cambio. Me lo contaba a través de pensamientos que parecían surgir de la nada, como las ideas. Me decía: estás feliz porque encontraste gente parecida a ti, no puedes perderlos. Anteriormente había entorpecido mis relaciones sociales, porque nos sentíamos cómodos de esa manera. Pero ahora la comodidad y la placidez venían de estar acompañados por ellos. Una contradicción en la colección de contradicciones humanas. Pensé entonces que en eso consistía el cambio: los principios quedaban intactos, pero los fines se modificaban constantemente, gracias al intercambio de información con otros organismos. Por esa razón los alcohólicos fervientes al abandonar a sus amigos alcohólicos e ingresar a un centro de rehabilitación, necesitan de la figurita de dios, pero necesitan además que sus compañeros de rehabilitación también crean en esa figurita, para poder recuperarse completamente. El precio a pagar: convertirse en un religioso aburridor, parte de una colmena religiosa aburridora, sobrio después de todo. Me dejé llevar por una cadena de pensamientos que provenían de las profundidades del cerebro, un oscuro monólogo que ocurre pocas veces en la vida, hasta que María me interrumpió, hablándome muy cerca de la cara....

-…de cuerpos celestes que provienen del cinturón de Oort, obviamente.

-Hey, Carlos te está contando la noticia que dieron hace poco sobre la muerte de Yuri Gagarin.

-¿Ah sí? Qué pena, estaba pensando en otras cosas. ¿Qué pasó con la muerte de Yuri Gagarin?- le pregunté a Carlos y me volteé para verlo. Para ello me recosté contra la baranda del balcón.

-Pues que durante mucho tiempo no supieron cuál fue la causa del accidente que lo mató. Pero unos investigadores en estos días retomaron el caso, y dedujeron que el MiG-15UTI en el que viajaba el tipo, se agujereó. Gagarin del susto descendió demasiado rápido causando el desmayo de él y de su copiloto. Luego chocaron contra la tierra.

-Otro piloto que se desmaya antes de morir. Debe ser una buena muerte- dije. Carlos levantó los hombros. Jaime, que no me había dejado de mirar desde que me volteé cara a ellos, dijo:

-Pues a mi me parece muy enfermo que sigan investigando las causas de un accidente tan viejo. Además los nuevos datos dejan al primer hombre que estuvo en el espacio como un primerizo que se murió por un error imbécil.

-Hasta a los mejores les pasa- dijo Diana, quien me miraba también directamente. ¿Qué querría decir?

-¿Obviamente?- le pregunto.

-Hoy vamos a emborracharnos.

-¿Por qué?

-Porque es sábado, porque el lunes es festivo, porque hay plata, porque la noche está fresca, porque se puede.

-¿Y qué vamos a tomar?

-Yo quiero tequila.

-Tequila suena bien.

-Tequila es entonces.

-¿Y quién va por el tequila?

-Yo voy por el tequila- dijo Carlos.

-Yo lo acompaño- dijo María.

La puerta se cerró en la distancia.

Los tres restantes nos estiramos sobre los sofás de la sala.

-Nunca antes había sido tan fácil- señaló Jaime, quien ya se había quitado los zapatos.

Diana prendió el TV. Estaba sintonizado en un canal de chismes de farándula, en el cual analizaban detalladamente la vida de una cantante famosa. Los tres nos quedamos unos segundos hipnotizados viendo las fotos que un paparazzi le había tomado en la playa, dejando al descubierto sus várices. Tal vez por ese detalle Diana cambió el canal de inmediato. Avanzó a un ritmo lento, como quien disfruta el zapping. Luego se detuvo en un canal de noticias internacionales y allí nos quedamos los tres atrapados, casi adormilados. Diana fue la primera que se despertó del letargo informativo…se puso de pie de una manera muy curiosa, como si todo el cuerpo le hormigueara, y dijo que iba a hacer comida. Me quedé extrañado porque Diana nunca hace nada en la cocina. La reacción de Jaime fue similar, lo que demostraba que Diana estaba actuando fuera de lo normal.

-Sí, obviamente. Aunque no precisamente.

-Es que vos me gustás mucho- dijo Diana, como si estuviera escupiendo mierda que llevaba mucho tiempo guardada en su garganta.

-¿Pero si yo sólo te pregunté qué ibas a cocinar?

-Y yo te digo que me gustás mucho.

-Pero si no tiene nada que ver.

-Claro que tiene que ver- dijo ella mientras se miraba los zapatos.

-Además María y yo…

-Sí, ya sé. Ayúdeme a cocinar algo y le cuento una historia mientras tanto.

-Listo ¿Qué historia me va a contar?

-“El último hombre” de Mary Shelley.

-Nada original, como siempre.

-Pero es una buena historia. Se desarrolla a finales del siglo XXI, pero las cosas son más como el siglo XIX: hay reyes y lords y Constantinopla es una de las capitales mundiales. Es como uno de esos novelones románticos del siglo XIX, pero a finales del siglo XXI. Hay una peste. El protagonista se llama…

Abrí la despensa, no había cebollas.

-No entiendo.

-Entonces Lionel nada hasta la costa. El resto de sus amigos se ahogaron en el naufragio. Él es ahora el último hombre. La historia termina en el año 3000.

Habíamos hecho unos huevos revueltos de aspecto dudoso.

-Se oía interesante, lástima que me dañaras el final.

-Si lo piensas bien, desde el título te dañaron el final.

-Cierto.

Durante el resumen detallado que me dio Diana de la novela de Shelley, yo estaba pensando en otras cosas. Cosas que hacen que los penes de los más lujuriosos se dejen de parar, o que los estómagos de los más glotones se pongan malos. Mientras revolvía los huevos seguía sosteniendo aquel oscuro monólogo que había empezado en el balcón. Luego, cuando Diana me sacó de mis pensamientos al decir el final de la novela, ya no lo pude recordar. Estoy muy seguro que era algo importante.

Jaime se había quedado dormido. Dejé el plato con los huevos indeseables sobre la mesa de centro. Me senté en uno de los sofás, y Diana se sentó sobre mis piernas, a hacer círculos en mi cabello con sus dedos. Mientras tanto yo me quedé viendo los asquerosos huevos revueltos que se enfriaban sobre la mesa.

-Es como decirle a un perro que se llame Ta, de manera imperativa, que deglute la materia a la que va a robarle energía.

Las experiencias cercanas a la muerte de algunos individuos han concedido la razón a cierta creencia cristiana: tras el deceso, todos vamos a un lugar donde nos reencontramos con dios (lo que sea) y nuestros seres queridos. Supongo que no es una creencia única del cristianismo, a fin de cuentas todos los dioses y cielos se inventaron por simple y físico temor a morir. Todas esas personas que han sufrido muertes clínicas dicen haber visto el túnel. Después del túnel hay un jardín, en el cual, por lo general, hay seres queridos esperándolos. Una voz les dice cosas reconfortantes desde un punto ciego, el ente al que llaman dios.

-Yo una vez tuve una experiencia cercana a la muerte- dijo Diana. La segunda botella de tequila ya iba por la mitad. Había muchos cadáveres de limones sobre la mesa.

¿Y cómo fue? preguntó Carlos con un ademán.

-Fue mucho antes de entrar al instituto, cuando estudiaba Química farmacéutica. Durante una fiesta con compañeros de la universidad, tuve una sobredosis de heroína. Nunca la había probado, pero mentí porque en ese momento era una niña imbécil. Más imbécil.

Detuvo su historia por un momento para tomarse un tequila sin sal ni limón.

-Cuando estaba en la unidad de cuidados intensivos, me sentí muy débil de repente. Alcancé a ver que las uñas de mis dedos estaban medio azules. Estaba muerta del susto, sin embargo mi respiración y pulso indicaban lo contrario. Me fui convenciendo de que me iba a morir.

-Qué miedo.

-Ajá. Estaba tan relajada que dejé de respirar. Simplemente había parado de respirar. Vi que los doctores se alertaron mucho. Pero eso no duró porque a los diez segundos más o menos, empecé a perderlos, se me empezaron a nublar. Y la vista se fue cerrando, hasta que parecía un túnel. Luego me sentí transportada fuera de mi cuerpo, como si de verdad tuviera un fantasma adentro queriendo escapar. Luego me desmayé y no sé qué más pasó.

-¿Entraste en un coma ligero?- preguntó Jaime. Ella asintió.

-Cuando me desperté, tuve la sensación de tener muchos recuerdos, pero sólo me acordaba de verdad del túnel. Por mucho tiempo creí que en efecto teníamos un alma, algo que nos sobrevivía.

Hice cara de incrédulo. Fue inevitable.

-Ya luego cuando estudié medicina, me quedó muy claro lo que me pasó. El túnel es la pérdida de visión periférica que produce la anoxia. Y la sensación de volar fuera del cuerpo, se debe a un anestésico disociativo que inyecta el cerebro, para que uno crea que el que se muere es otro. Por eso uno se siente expulsado de su propio cuerpo.

-Vea.

-Pero además las drogas disociativas alteran la distribución del neurotransmisor glutamato, que tiene que ver entre otras cosas, con la memoria. Como esas películas tontas que la gente dice ver antes de morir, plagadas de clichés y recuerdos placenteros.

-¿Y a ustedes se les han muerto muchos?- pregunté.

Jaime levantó los hombros.

-A mí muchos, buena parte del tiempo es inevitable. Pero a la que más se le mueren es a María. Es muy despistada.

María hizo una cara de asco.

-Yo casi nunca tengo que comprobar el electrocardiograma para saber que un paciente se fue, por lo general con sólo verlos ya sé que ese pene no funciona, o que esa vagina no se moja.

-Por eso es que se le mueren- concluyó Jaime. –Falta de profesión.

Es muy bonito, no había caído en cuenta de lo bonito que es.

-Pero yo sí creo que hay algo después, no un paraíso, pero sí algo- dijo María.

-Si estás hablando de reunirse con el universo, te lo valgo. El caso es que el abono no piensa, y por lo tanto, no sabe que es abono- le dije.

-Pues a lo mejor el abono sí sabe que es abono- replicó ella. A mí me causó mucha gracia que el abono supiera que es abono, por qué no.

-Bueno, ya nos pasamos con la charla existencial. ¿No vieron en las noticias que por fin cogieron al corta penes?- preguntó Diana.

-O mejor dicho doña Marina Gómez Londoño, a simple vista un ama de casa.

-Verdad, todo este tiempo pensaron que era un marica loco y termina siendo una señora de lo más normal.

-En el periódico de ayer dijeron que hay un grupo en Facebook en el que un montón de feministas apoyan a doña Marina y piden su inminente liberación.

-Ah, entonces seguro la liberan en estos días- bromeó Carlos.

-No sería sorpresa.

-Es muy bonito, no había caído en cuenta de lo bonito que es- le digo.

-Es que vos me gustás mucho- me dijo el dueño de la homeostasis.

-¿Qué mierda les pasa a todos ustedes, no saben que decir eso es de mal gusto?

Hizo como si no me escuchara.

-…ya sé que mi odio a los maricas puede entorpecerlo todo, pero aún así podríamos intentarlo…

-Carlos, güevón, vos sos un tipo inteligente, pensá lo que me estás diciendo.

-Es que ya lo he pensado mucho, he intentado racionalizarlo. Algo dentro de mí está enamorado de usted y yo no puedo hacer nada al respecto.

-¿Y no contaste con el simple hecho de que soy heterosexual, y que además me como a dos amigas tuyas?

-¿Querés que hagamos algo con ellas?

-No, gracias.

-No te pongás raro.

-¿Cómo no?

-Bueno, sabés qué, yo me voy a olvidar de esto, ¿vos podés?

Hice un gesto afirmativo. Jaime gritó desde la sala que iba por cigarrillos. Me apuré en decir:

-¡Te acompaño!

-Tan bonito como la sustentación del papel en el aire…

Jaime bajó las escaleras muy rápido, parecía que se quisiera desprender de mí. Yo no aceleré el paso, lo seguí a prudente distancia hasta que nos encontramos en la acera de la casa. Él hizo gesto de respirar el aire fresco de la noche para dar a entender que le hacía bien salir. O así lo interpreté.

-Vamos por allí que hay una tienda muy completa- me indicó –Y en el camino podemos prender uno de estos diablos- dijo, refiriéndose a unos liados de marihuana que tenía en una cajetilla de cigarrillos.

Al principio caminamos sin pronunciar palabra. Yo iba mirando el suelo y con las manos bien metidas en los bolsillos. El otro seguía oliendo el aire, buscando secretos, o memorias, o qué se yo. En todo caso se veía muy marica. En una esquina se detuvo a acariciar un gato callejero, tardó cinco minutos más o menos. El sujeto era diferente a quien solía ser en compañía de sus otros amigos. Sorprendente.

-Así que estás de moda- me dijo después de prender el bareto.

-¿Cómo así?

-Pues que tenés a esos tres encima: la ninfómana rolliza, la drogadicta flaca y el marica homofóbico. Las tres desgracias.

-¿Cómo así?

-Pues que yo sé cómo es eso, hace mucho tiempo me tocó pasar por lo mismo.

-¿Ah sí? ¿Y vos de qué estás hablando?

-Que te entiendo hombre, estar de moda es lo peor. Ya menos mal pasó mi cuarto de hora. ¿Querés?- me preguntó con el bareto extendido. Le dije que no.

-¿Vos sabés de todo esto y yo apenas me vengo a enterar, gradualmente, desde un par de semanas atrás?

-Claro hombre, ellos tres están enamorados de vos, no te iban a decir así como así, mientras que yo soy el amigo, a mí me gastan con el tema y me hablan y hablan como si me importara de verdad. Lo que te digo es que aunque yo no esté de moda, sí me secan con el tema de moda, es decir: vos.

-Ah, qué mierda. Lo siento por los dos.

-Pero ellos son buenos muchachos, espere que se les baje la fiebre y verá que se dejan de tantas idioteces. Tienen que conocer a alguien nuevo, para declararlo la reina de la colonia…

-¿Ah?

-Como en las colonias de las rata topo lampiñas somalíes. Con el tiempo la reina muere y para reemplazarla una princesa asexuada…

-…asciende con delicadeza para luego ser jalada a tierra, destrozada por las rocas y los árboles.

El sonido de una sirena nos llegó por encima del hombro. Luego el ruido que hace una moto al apagarse. Un diagnóstico sencillo: policías. Jaime, quien seguía hablando de lo dañados que eran sus amigos, apagó el bareto en la palma de su mano. Un acto reflejo. Luego escuchamos la voz de uno de los policías.

-Jóvenes…- sentí esos puntos suspensivos como una mano que se alargaba hacia mí. Fui el primero en darme la vuelta para encararlos.

-¿Estaban fumando marihuana?- preguntó el mismo policía.

-Sí- me apuré a decir –Pero ya terminamos, no hay nada que hacer.

-¿El ratero se relaja después de vender en una prendería lo que robó? Respuesta: no. Porque la piltrafa sabe que robó, y que eso está mal. –dijo el otro policía, un negro gigante que estaba intentado acomodar el casco sobre la moto. Tras varios intentos lo logró y se acercó a nosotros también, sin mirarnos a la cara.

-¿Me acaba de comparar con un ladrón?- preguntó Jaime.

-Sí mijo- respondió el primer policía, que era blanco, calvo, bajo y con un rostro particularmente asqueroso.

-Yo sé que me acaba de comparar con un ladrón, es sólo que no terminaba de creer.

-A ver, la requisa- dijo el negro con tono de uniformado.

Los dos alzamos las manos de manera sobreactuada. El hombre calvo nos escudriñó lo escudriñable. Tanto que hasta me sentí sucio. Lo que más deseaba entonces era darme una ducha para quitarme la marranés de encima.

-¿Y ustedes dónde viven?

-Estamos allí a dos cuadras.

-Bueno, muestren los papeles- le extendimos nuestras cédulas y él las revisó. Luego nos las regresó.

Todo estaba a punto de terminar, pero al policía negro le dio por imitar la voz de la niña de la propaganda anti droga del momento. Jaime odiaba esa propaganda.

-Si dejas la mata que mata, tus manos volverán a estar limpias, tu mirada en alto- el policía negro miraba a su compañero de reojo, quien estaba a punto de desternillarse. Imbéciles, pensé.

Jaime estaba lleno de rabia. Rogué para que la contuviera, nunca lo había visto así.

-Lo que más me encabrona de esa propaganda es que la descripción que hacen de los drogadictos es igual a como se ven los desplazados campesinos en la ciudad: con las manos sucias y la mirada en el piso. ¿Ellos cómo lo van a recuperar? ¿Cuántos sicólogos les va a pagar el hijo de puta del presidente? ¿Ah, pirobos?

Lo miré con los ojos muy abiertos. Los otros dos también lo miraron con los ojos muy abiertos. Y Jaime, cuando entendió lo que había hecho, cerró los ojos, como si alguien estuviera a punto de darle un golpe en la boca. Los policías se tomaron el tiempo récord de tres segundos para pasar de la sorpresa a la indignación. Le gritaron groserías a Jaime quien mantenía los ojos cerrados. Pensándolo bien se veía sereno, con los ojos cerrados y la boca apretada. Jaime medio sonrió, lo cual irritó más de la cuenta al policía negro, quien empezó a acariciar su pistola con impaciencia. Ante ese gesto mi cerebro reaccionó. Un ente tomó mi lugar.

-¿Usted dónde está?- le pregunto.

Jaime todavía estaba temblando. No era capaz de meter la llave en la cerradura.

-¿Y qué fue lo que les dije? –pregunté. -Yo sé que les hablé mierda, pero no me acuerdo bien qué.

-Les dijiste que vos eras periodista, sacaste tu carnet de prensa y se los pusiste en las narices, le advertiste al policía negro que acariciar el arma no era la posición reglamentaria, luego le dijiste que también eras jurista o abogado, no sé, y que habías asesorado el caso de los adolescentes que habían sido quemados por unos policías…

-Qué montón de mierda.

-Sí, hasta dijiste algo de unos incisos y de unas nuevas leyes regulatorias. Te inventaste un camionado de mierda.

-Me salió natural.

-Me imagino. Pero de todas maneras uno de esos “tombos” se llevó un billete de cinco mil que tenía en la billetera.

-No pueden ser más marranos porque no pueden.

Subimos las escaleras inmersos en una discusión sobre el coeficiente de marranés de los policías promedio.

Las luces de la sala estaban apagadas, sólo el brillo tenue de unas lámparas de pie iluminaban el lugar.

El equipo de sonido recuperaba del vacío una canción de Velvet Underground. La voz de Lou Reed hacía vibrar el aire suavemente.

Entonces lo vi. El hijo de puta la estaba ahorcando, a María. Recordé el cuento de los dos hermanos retrasados que degollan a su hermana normal. La gallina degollada. No sé por qué, pero así funcionó mi memoria en ese momento. Luego me abalancé sobre él. El primer golpe que le asesté fue en el área lumbar. Él cayó de rodillas.

-Donde aquellas cosas vuelan.

Un experimento mental de Steve Grand:

“Piense en una experiencia de su infancia, algo que recuerde con claridad, algo que pueda ver, sentir, incluso oler, como si usted estuviera allí. Después de todo usted estuvo allí en ese momento, ¿verdad? ¿De qué otra manera lo recordaría? Pero aquí viene la bomba: Usted no estuvo allí. Ni un solo átomo en su cuerpo hoy estuvo allí cuando ocurrió ese suceso. La materia fluye de lugar en lugar y momentáneamente se junta para ser usted. Por lo tanto, sea lo que sea usted, ya no es lo que era.”

Recurro a este experimento, escalofriante además, cada vez que me veo enfrentado con la contradicción. Ser alguien antes, ser otro después. Gustar de algo, luego odiarlo. Dicen de la memoria, por ejemplo, que no está en ninguna parte del cerebro, sino en la forma en la que este se organiza. Es decir que los recuerdos se imprimen (literalmente) en nuestro cerebro, moldeando nuestra personalidad y a la vez, la forma en la que interpretamos los recuerdos que nos moldean. Mierda enredada.

Pensé en el celador de una cantina de pueblo, que vi una vez cuando tenía unos nueve años. Tenía amarrado de una cabuya un french poodle. Técnicamente nunca estuve ahí, pero la imagen la puedo evocar como si me la hubiera heredado mi versión infantil…un legado.

No es en serio, alcancé a escuchar.

Vos no sos así, tranquilo.

Sentí la presión de las manos de Jaime sobre mis muñecas. María estaba en el suelo inconciente. Carlos estaba tirado en el piso y asustado. Las lágrimas estaban a punto de salir. Le sangraba la nariz, pero no estaba rota por lo menos. Traté de tranquilizarme.

-¡Están jugando güevón! –me gritó Jaime. Carlos se acercó hasta María y le dio unos golpes en la mejilla. María recuperó el conocimiento y preguntó en dónde estaba.

La miré y no supe qué pensar. Toda la adrenalina se iba a desperdiciar. Carlos me miró, todavía estaba aterrorizado.

-…los mercados de Calcuta, tengo que volver a los mercados de Calcuta…-balbuceaba María, todavía atontada, mientras chapaleaba en el suelo.

Los tres nos reímos.

Diana, que hasta ahora había pasado desapercibida tumbada en un sillón en la oscuridad, también se rió con ganas.

Es de verdad muy bonito. ¿Cómo se llamarán esas flores, Azaleas?

Sensación de unidad, ahí está la clave. Sin importar quién fue uno o quién llegará a ser, es importante que la configuración cerebral que actúe en el presente, sea capaz de reunir a todos los individuos que uno ha sido en el pasado en torno a uno sólo, un mismo organismo. De allí que algunos sigan avergonzados por aquella vez que cagaron los pantalones en el colegio (según estadísticas, al menos el 24% de las personas tuvieron “accidentes” fecales en el colegio), o que sientan culpa por haber tratado como a un animal a la chica con la que salían. Todos esos monstruos son apiñados por la conciencia alrededor de un monstruo presente, que ya no es el mismo, pero que por razones funcionales debe cargar con los platos rotos y ajustar las cuentas pendientes. Bastante injusto.

En mi caso ese monstruo es una sumatoria de fracasos. Un organismo que bajo ninguna circunstancia transferirá sus genes, mejor dicho: un callejón sin salida. Un amigo de adolescencia me dijo que las personas divertidas se morían jóvenes. Él mismo era una persona divertida, le gustaban las mujeres, la comida, el alcohol, todas las cosas que valen la pena. Por eso nadie comprendió cuando se cortó las venas, se prendió fuego y luego se tiró de un décimo piso. Nadie entendió excepto yo: las personas divertidas se mueren jóvenes. Los demás se vuelven aburridos con el tiempo, se casan y tienen hijos, legando así los genes que se vuelven aburridos con la edad a sus hijos, lo que ayuda a preservar el orden social y así sucesivamente. La genética tiene que ver con todo lo humano, incluso con el fracaso de la democracia y con el facilismo moderno. Es natural, los genes divertidos mueren jóvenes, los genes aburridos, más susceptibles a la estabilidad, se perpetuarán por los siglos de los siglos amén…

Pensé: si los seres más adaptables en el pasado son los que crearon el mundo y las personas de hoy, entonces la adaptabilidad nos vuelve más viles de generación en generación…

-Daniel, ¿qué te pasa?- La voz me sacó de la cabeza, era Diana. Miraba la lámpara de neón de la sala sin mirarla de verdad. Dejé de mirar la barra incandescente y volví mis ojos hacia ella.

-… estoy todavía un poco confundido por el incidente de ahora…pero nada más.

Ella seguía tumbada en el sofá. Por la forma en la que hablaba, supuse que sus mejillas ardían ebrias en la oscuridad.

Los otros tres llegaron de la cocina con una bandeja llena de Margaritas. Me ofrecieron uno, lo acepté. Nos quedamos callados y tomamos del cóctel en silencio.

-Nunca me has preguntado por qué éstos me dicen el dueño de la homeostasis- aseguró Carlos. Era verdad.

-Muy raro- dije.

-¿Querés saber?- preguntó. Asentí.

-¿Sabés qué es la homeostasis, antes que nada?- preguntó. Negué.

-Es el equilibrio de un organismo vivo, dicho ramplonamente. Las cosas en el universo tienden a desordenarse, pero la vida es una excepción, porque puede autorregularse y generar orden. Y orden es vivir, estar sano, con los indicadores nominales, por decirlo de alguna manera.

-Veo- dije.

-De todas maneras el equilibrio es algo delicado, además también se desgasta. Siempre deriva en muerte, tarde o temprano.

-Ajá- dije.

-En el instituto me pusieron ese apodo porque tenía un contacto en suministros que me pasaba por debajo de la mesa estimulantes, calmantes, cosas que yo inyectaba a la gente interesada para equilibrar sus organismos. Eso ayudaba a mis compañeros con el estrés que traían los exámenes parciales y con el peso de la vida en general; y a mi amigo de suministros y a mí, nos ayudaba con las finanzas.

Asentí para que continuara. Los otros tres prestaban atención de manera indirecta.

-Durante unas épocas mi amigo de suministros se secaba, fuera porque un consultor tenía la nariz pegada de su culo, o porque los inventarios no se podían maquillar más por un tiempo. Durante esas épocas no vendíamos nada, todo el dinero iba a parar en el bolsillo del dealer de marihuana o de cocaína. Sin embargo cuando volvíamos a estar surtidos, todos preferían nuestros productos. Después de todo estaban hechos con estándares de calidad, no era ninguna basura callejera.

-…como si no hubieras sido periquero de esquina…-dijo Jaime, sin dar la cara completamente y con un volumen muy bajo. Carlos no le prestó atención.

-Durante esas épocas de sequía hice un experimento. Me puse de apodo Dr. Homeostasis y me dediqué a desmayar a la gente en un salón que ya no se usaba. Lo había hecho mucho en el colegio, conocía las propiedades relajantes que tenían los desmayos controlados y la euforia que causaban. La práctica se popularizó, yo cobré una humilde suma por el tratamiento y todos felices. Unos cuantos intentaron quitarme el negocio, pero todos los clientes eran fieles a mi técnica. Yo sabía cómo cortar el flujo de oxígeno al cerebro, la forma indicada de producir hiperventilación y la ubicación exacta del seno carotídeo. Pronto mi fama se extendió y por un malentendido, me empezaron a decir el dueño de la homeostasis.

-¿Entonces eras como un mesías del equilibrio?- pregunté.

-Algo así.

-Y sin embargo todos tus pacientes terminaban en el piso- dijo María con tono divertido.

-¿En qué piensas?- me pregunta. Estás elevado como una…

Los trece gatos negros muertos I.

Voy corriendo por una planicie. Tarde, está tarde. Los que vivían del otro lado de la colina no se ven bien, vomitan mucho y no son ellos mismos. Tres murieron. Siento que está en mí también, que me está manchando por dentro.

-Se llama el juego de la asfixia y es universal en las culturas modernas. No sé si haya sido practicado por adolescentes y jóvenes de tribus indígenas. Pero en cada uno de los países actuales es practicado y tiene muchos nombres y seguidores…

Los trece gatos negros muertos II

Me duele la pierna izquierda, la herida sangra. Una desgracia le va a ocurrir a mi clan, pero no sé precisamente qué, ni cómo advertirles del peligro. Voy a descansar durante la noche en una cueva cerca del territorio del clan. Tal vez en la oscuridad pueda imaginar la manera de advertirles…

-…ruleta de la sofocación, nocaut californiano, el crucero del más allá…

Los trece gatos negros muertos III

Extraño aquella hembra que conocí en el lago. La frente me arde, la pierna me palpita, siento como si me hubieran mordido muchas víboras. Intento hacer fuego, pero todo está muy mojado. Algo me dice que no voy a vivir más allá de esta noche.

-…el mareo de los dioses, apriete del dormilón, speed dreaming, mono espacial, natural high, el sol naciente…

Los trece gatos negros muertos IV

El sol está saliendo. A lo lejos veo que el fuego todavía sigue encendido en la aldea. El sonido del agua del río me hace sentir en casa, sin embargo la herida se ve mucho peor que antes. Siento que todo el cuerpo me arde y la aldea todavía está lejos, no sé si pueda lograrlo.

-¿Y cómo funciona?- Pregunté.

-¿Nunca jugaste en el colegio?- Preguntó de vuelta Jaime.

-No.

-Pues, la práctica que yo conozco por el dueño, es primero hiperventilar al sujeto poniéndolo a hacer cuclillas, luego se le bloquea el flujo de oxígeno al cerebro presionando un punto específico del cuello, que además está muy cerca del seno carotídeo.

-¿No es peligroso?

-Sólo si se usan ligaduras en soledad- dijo Carlos. –Como el de Kung Fu la leyenda continúa, que se murió asfixiado en el clóset (dijo esto como si se refiriera al otro clóset, con el mismo tono burlón que usaba para ridiculizar a los homosexuales). De resto es muy improbable. Para que haya daño irreversible tiene que pasar como mínimo un minuto sin oxigenación…

-Es improbable pero no imposible.

-Sí- dijo él –Un accidente aéreo también es improbable pero tampoco es imposible, no por eso la gente deja de montar en avión, ¿no?

-¿Es divertido?

-Causa euforia y desorientación, como las buenas drogas. ¿Quieres probar?

-No sé.

Los trece gatos negros muertos V

Cinco jóvenes suben por el valle, vienen acompañados de un perro. Cuando están más cerca reconozco a tres de ellos, son mis hijos. Grito con toda la fuerza hasta que me escuchan. Nunca me había sentido tan feliz de haber sido detectado por la gente de mi clan.

-¿Listo?

-Sí.

-Hacés diez cuclillas, cuando estés en la novena aguantás el aire. Lo demás me lo dejás a mí.

-Bueno.

-1…, 2…, 3…, 4…

Los trece gatos negros muertos VI

En el camino paramos en un manantial. Nos acercamos a tomar agua. Mi hijo mayor me sirve de soporte. El agua está muy rica, pero el reflejo que produce está maldito. Mi rostro está pálido, me recuerda el rostro de las gentes del clan amigo al otro lado de la colina. La maldición ha caído sobre mí también.

-…5…, 6…, 7…

Los trece gatos negros muertos VII

Los jóvenes hablan de los preparativos para las fiestas de abundancia, sonríen, discuten sobre las mujeres y sus atributos físicos. Yo no he podido decir nada respecto al estado decadente de la aldea del otro lado de la colina. Mucho menos que llevo conmigo la maldición también.

-…8…

Los trece gatos negros muertos VIII

Las mujeres nos reciben. Una de ellas me abraza, pero yo me alejo de inmediato, siento que la maldición es terriblemente “contagiosa”. Todos sonríen, yo los veo muertos. Como aquellos tres jóvenes del otro lado de la colina.

-…9…

Contuve el aliento.

Los trece gatos negros muertos IX

Los días pasan. La herida en mi pie no ha mejorado, tendré que quitármelo. He hablado con mi hijo mayor, quien tendrá el honor de amputarme. No hay rastros de la maldición, soy el único averiado en la aldea. Mi estado empeora al mismo ritmo que se realizan los rituales preparativos para las fiestas de la abundancia. Según mis cálculos, no llegaré hasta ese momento.

-…10…

Seguí conteniendo el aliento.

Los trece gatos negros muertos negros X

Desde que me quité el pie mi salud ha ido mejorando. A veces siento dolores en el fantasma de mi pie, que son insoportables. Otras veces me pica y no lo puedo rascar.

Faltan apenas unas semanas para las festividades. Los frutos crecen de colores más vivos y las flores abren en las mañanas.


Los dedos de Carlos me apretaban a lado y lado del cuello. No me causaba ningún tipo de dolor. La casa de María oscureció súbitamente. Mis rodillas empezaron a temblar.

Los trece gatos negros muertos XI

Mi hijo menor no se ve nada bien. Ha enfermado sin razón aparente. Un día llegó de la pradera que hay detrás de la aldea y esa misma noche cayó enfermo. Las mujeres lo cuidan con mucha atención, sin embargo no mejora.


Sentí que a la frente subía un vapor que me adormecía. Lo de afuera estaba borroso. Empecé a hacer un sonido extraño, un gorjeo. Luego me reí…sin mente. Como los conejos, que ríen sin mente antes de morir.

Los trece gatos negros muertos XII

Me he obsesionado con la pradera donde mi hijo fue maldito. Sobre ella vuelan unas aves negras, que todos sabemos, tienen que ver con la muerte. Acercarse a esas aves no es recomendable, pero quiero saber qué le pasó a mi cría. Me acerco a la pradera saltando en un solo pie. Ridículo. No apto para ser el jefe del clan. Las aves vuelan en círculos. En la pradera, juntos en un montículo, hay trece gatos negros muertos. Caigo de rodilla: en la pradera del otro clan también habían trece gatos negros muertos…

Nunca antes había comprendido la función de la caída que todos experimentamos antes de quedarnos dormidos. Es decir, a todos nos pasa, ¿no? En Corea, en Austria, en Bielorusia, en la república democrática socialista de Sri Lanka, en todas partes hay alguien que ha experimentado la falsa caída, el despeñe al entrar al mundo del sueño. Se siente físicamente, en el estómago. Es terrible si se prolonga por demasiado tiempo.

Comprendí su significado en ese momento. Estaba descendiendo a la oscuridad de mi cerebro primitivo, donde se encontraban todas las cosas que actuaban sin mi consentimiento. Hablaban, eran como un pueblo, como una civilización. Construían, destruían, volvían a construir, a equivocarse. Cambiaban como la moda. Eran tantas voces que no podía escuchar nada. Todo sucedía tan rápido que apenas podía llevar el hilo de la historia.

Piensen en algo:

El universo, con sus muchos miles de millones de años de existencia. Las galaxias, los planetas, los cometas, todos con un tiempo acorde a sus dimensiones. No es nuevo imaginar que lo que hay afuera se puede parecer a lo que hay adentro. Es decir, que el universo se parezca a nuestro cerebro. La velocidad de la luz podría ser tan efectiva para comunicar el cerebro universal, como las descargas eléctricas casi instantáneas de las neuronas. Claro, teniendo en cuenta que éste sería un cerebro con un tiempo diferente. ¿Qué hay del otro lado del Big Bang? ¿Y si hay otro mundo, como el nuestro, pero más grande?

El despeñe se sentía así: como un dios que atraviesa el umbral del Big Bang de su universo propio. Descendiendo al universo inferior, interior…o como le quieran llamar. Y sin embargo tengo la idea de haber estado en el jardín, hablando con una especie de dios diferente de mí.

Si hay un dios, no tiene ni idea de cómo funcionan sus creaciones. De hecho no podría entrar en contacto directo con ellas, porque se esfumarían como los pensamientos.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------

Despierto. Todo se resume al instante presente en el que soy yo y todo lo demás está subordinado ante mi conciencia. Estoy levemente mareado y me siento totalmente desubicado. Carlos me da palmadas en la cara.

-Diga lo primero que piense- me dice.

Es la petición más difícil que me han hecho en la vida. Siento que muchas cosas han pasado y sin embargo no puedo recordarlas, como si el último año se hubiera resumido en mis sueños en tan sólo unos segundos, pero no sólo el último año, gran parte de la historia de la humanidad. Sin embargo no estoy tan seguro.

-No lo piense mucho, diga lo primero que se le ocurra-

-Trece gatos negros muertos son la causa de la epidemia- dije.

Los tres se quedaron mirándome a la cara, perplejos.

Trato de atrapar más cosas, pero me eluden. Sólo me llega a la cabeza la impresión vívida de haber visto trece gatos negros muertos en una pradera. No sé si la epidemia la asocié de manera fortuita, la verdad no recuerdo nada más. Hay tanta historia condesada en mi cerebro, que me siento pequeño, pequeño y sepultado bajo todos mis antepasados. O un dios obnubilado por su creación. Esta sensación, tengo la certeza de que la he experimentado miles de veces.

-Trece gatos negros son la causa de la epidemia- repite despacio Carlos mientras mira a Jaime con seriedad.

-Sí, ya voy por la computadora dueño.

-¿Qué?- pregunto.

-Ay, que eres alguien tan especial Daniel, no tenés idea de cuánto –dice Diana con tono malicioso y borracho.

-No se ha dado cuenta todavía, qué bonito- dice María luego. Miro a Carlos buscando una explicación. Desciendo por una espiral de confusión, un exceso de información silenciosa.

-¿Te asustarías si te dijera que nuestra amistad fue planeada?- me pregunta.

Me quedo callado un momento. Los tres se quedan serios.

-¡Claro güevón! ¿Es verdad?- le pregunto. Él se ríe.

-No, sólo te estábamos jodiendo porque seguías confundido por el desmayo- se toma un momento para burlarse de mí con su mirada. -Es muy raro que hayás dicho algo tan preciso. La mayoría de gente la primera vez, sólo pregunta dónde está y cuánto tiempo ha pasado. Pero vos pudiste rescatar una frase, una frase completa. Muy bien hombre. Felicitaciones.

Todavía estoy muy confundido. Las dos chicas me miran y se ríen de mi torpeza. Después de todo sigo tirado en el suelo, a la vista de todos. Me levanto lentamente y me siento en una silla rimax, detrás de los sofás. Mientras tanto la realidad se va aclarando.

Jaime regresa con el computador ya encendido.

-Vamos a buscar si tu frase ya ha sido rescatada por alguien más- dice Jaime

-¿Ah sí?- le pregunto.

-Sí. Resulta que hay una comunidad mundial de velocistas de los sueños: www.speedreamers.com. En esa página la gente cuelga sus frases, entre todos buscan posibles significados y en algunas ocasiones, ayudan a otros que rescatan frases similares. Otra web para matar el tiempo, nada serio- me asegura.

-A ver, ¿cómo fue?

-Trece gatos negros muertos son la causa de la epidemia- dice Carlos, leyendo de un papelito amarillo en el que lo había anotado.

Jaime teclea.

-Mierda, resultado exacto. Ha sido rescatada por diez personas en tres idiomas diferentes. Así como la dijo Daniel, exactamente.

-Mierda- digo también.

-Nunca habíamos dado con un resultado exacto. Como que estás hecho para esto.

-¿Y qué significado le da la gente?- pregunto.

-En eso estoy…uhmn, ajá, ajá, uhmn…guau. Dice que tiene que ver con los orígenes del miedo al número trece y a los gatos negros. Especulan que en tiempos remotos hubo una epidemia, y que sobrevivieron muy pocos, entre los sobrevivientes un clan que asoció trece gatos negros muertos, fruto del azar y la misma epidemia que los mató, con la desgracia que había ocurrido. El mensaje se encriptó en los genes y por eso mucha gente hoy le tiene miedo a esas cosas, por lo general descendientes de ese clan.

-Bueno, simples especulaciones- digo. –Además no tiene sentido que un ascendiente directo mío perteneciera a ese clan supersticioso, ya que de alguna manera me habrían legado eso también. Yo no le tengo miedo al trece, ni a los gatos negros, soy un escéptico, no sé si les había dicho- En el momento en que digo eso tengo la certeza de haber manoseado a dios recientemente, en aquel desmayo.

-Yo tengo otra teoría- dice Diana con la voz enredada. -Justo cuando estaban desmayando a Daniel, sonó esa canción de Velvet Underground en la que dicen: I’m living with thirteen death cats. Él la escuchó inconscientemente y se armó la película.

-¿Y la otra gente que dijo lo mismo después de desmayarse?

-¿Otra gente?

-Vos ya estás muy borracha, ni siquiera estás prestando atención.

Terminamos de beber el tequila. Jaime es el siguiente en ser desmayado. Desde este lado parece un ritual adolescente patético. Del otro lado la experiencia es reveladora, aunque casi nada se pueda recordar. Luego Carlos se desmaya a sí mismo. María le da unas palmaditas en la cara, tras lo cual despierta. Sus ojos brillan.

-El que da recibe, y el que recibe da- dice.

Los tres nos quedamos callados. Yo pienso: Jaime, por favor no busques eso en aquella web especulativa. Él empieza a teclear.

-…cometa. Hablas de cometas de manera indirecta.

-¿Me estás diciendo marica?

-Yo no te estoy diciendo marica, es en la web esta que dicen que sos marica. No mentiras, de hecho ni siquiera salió un resultado exacto. Es sólo que hay oraciones que contienen las mismas palabras, y que están relacionadas con maricas. Lo siento –dijo Jaime.

-A mí me suena más como la base del altruismo humano. Eso sí me parece, porque yo soy generoso y eso…

-Es sólo un juego –le digo. – ¿O es que acaso creés que los sueños tienen un verdadero significado?

Él levanta los hombros.

-Además según eso yo soy de agüeros. Nada más alejado de la realidad.

Como un flash vino a mí: durante la vida tratamos de educarnos para dejar de obedecer las pulsiones irrazonables, aquello que nos atormenta por dejar manifiesto que no controlamos la mayor parte de nuestras acciones. Negamos lo que nos muestra que no llevamos las riendas.

-Creo que estoy listo para regresar- le digo a Carlos. Me siento un poco borracho por la experiencia. Es una embriaguez distinta a la del licor.

-Hay otro método que permite que el desmayo sea más prolongado, además no se corre el riesgo de lastimar las carótidas o el seno carotídeo. Se llama el abrazo del oso. ¿Te apuntas?

-Bueno, hoy estoy de humor. Me apunto.

Por el rabillo del ojo izquierdo alcanzo a ver que levanta los hombros. Siento las pequeñas manos de María tocando mi cuello.

Mientras hago las cuclillas pienso en los trece gatos negros muertos. Trato de concentrarme en eso, lo invoco. Llego hasta nueve y contengo el aire. Luego hago la última sentadilla. Carlos se ubica detrás de mí y me abraza, cruza sus manos sobre mi pecho. Me doy cuenta que no calculé los alcances de permitir que Carlos, quien se siente atraído por mí, tuviera un contacto físico tan cercano conmigo. Ni siquiera solíamos saludarnos de mano.

Sus brazos aprietan mi pecho muy fuerte. Mis pies se levantan unos cuantos centímetros del suelo. Siento cómo todo el aire se va de mis pulmones, expulsado por la fuerza de Carlos.


-¿Cómo sabes que me gustan las cometas?

-¿Tú cómo sabes que te gustan las cometas?

Siento una presión extraña en mi culo y parte de la espalda. Se siente grotesco, pero estoy indefenso. El vapor ya está nublando mi visión. Yo me retuerzo con las fuerzas que me quedan, no soporto sentir ese pedazo de Carlos restregándose contra mi fortaleza de materia. Ya no hay nada que hacer, estoy a un paso de atravesar la singularidad, de cruzar del otro lado del Big Bang de mi creación. Me despeño...pero esta vez es diferente, no sé si será la inmensa sensación de asco que me envuelve, o simplemente algo más. Puede ser mi imaginación, pero lo último que creo ver, es el rostro asustado de María.

Por el rabillo del ojo derecho puedo ver una cometa roja que vuela contra el cielo azul. Por el rabillo del ojo izquierdo sigo viendo al otro, ahora estoy seguro que es un ente, como yo.

1. Fil. El que no tiene ser real y verdadero y solo existe en el entendimiento.

-A veces suben, pero la mayor parte del tiempo bajan- me dice.

La cometa hace cabriolas en el cielo.

El viento mece las azaleas.

Una niña retrasada monta bicicleta en círculo. Un vago persigue a una paloma. Una frase de un libro: “somos vísceras, glándulas y órganos sexuales”. La escena de una película de Buster Keaton. El día que salté un gran barranco, en una excursión. La clara sensación de tener el rostro de María sobre mi pecho. Un golpe en el corazón, dos golpes en el corazón, tres golpes en el corazón. Ellos hablan de mí, sin embargo los recuerdos fortuitos me impiden prestarles atención. Mierda, qué bonito, me había olvidado cómo se veía una cortina de polvo siendo atravesada por la luz solar. Ahí está. Nunca comprendí a nadie de verdad. Los rostros que intento recordar no aparecen, son como entes. Dios, la gente, cómo probar que ellos existen, si la experiencia personal lo hace imposible. Mierda, mierda, mierda, he empezado a comprenderlo. El pánico. La tranquilidad de aquel día en el que elevé una cometa roja con mi papá.

Mi cerebro ha escogido la más bella de las imágenes. Todo trata sobre mí en este momento y mi cerebro escogió un bonito escenario. Estoy al interior de la aeronave Shinigami 7. Debajo de mí está el océano, flotando en él hay un acorazado y adentro del acorazado está la respuesta gorda. El avión se dirige hacia él, juntos vamos a atravesar el armazón del barco y nos haremos dueños de la verdad única y universal. Aprieto el gas con toda la convicción del caso. No muy escéptico de mi parte. Mientras la aeronave desciende, pequeños recuerdos zumban a mi alrededor, algunos de ellos llegan a contagiarme cierta nostalgia. Me es difícil llamarle nostalgia, porque la nostalgia hace alusión al dolor. Sólo me siento en la recta final de una carrera que pude haber disfrutado más…es todo.

Entre más me acerco al acorazado, más lento avanza el avión, como si algo estuviera poniendo resistencia.

El pánico regresa cuando comprendo que nada de lo que está pasando es normal. Se me fue la mano otra vez, pienso. A tan pocos segundos de dejar de existir pienso: ¿Y si el abono sí sabe que es abono? ¿Si hay una extraña conciencia de ser abono, o tierra, o estrella? Algo eterno, insufrible, más aburrido que la carrera de periodismo que alguna vez cursé. Yo, un escéptico, pensando en castigo eterno.

Me imagino los titulares del periódico amarillista en la tienda donde solía comprar la leche:

Joven estrella avión contra acorazado, la caja negra es una mancha de semen en sus bóxer.

Intento darle vuelta a la aeronave, pero el acorazado, al igual que los agujeros negros, tienen un horizonte que después de cruzarlo, es imposible dar vuelta atrás. Sonrío. Creo que sonrío. Mi mente hace el juego eléctrico que acompaña una sonrisa humana. Luego salgo expulsado, a toda velocidad, del otro lado del Big Bang de nuestro universo…

FIN

-¿Qué pasa Mari?

-…-

-…-

-…-

-…qué jodida, ¿a quién llamamos?

-no a un médico obviamente.

-…-

-…-

-…-

-..-

-..-

-.-

-.-

-…mierda Carlos, ¿lo tenés parado?


martes 19 de enero de 2010

Medication.

Spiritualized - Medication



Every day I wake up
And I take my medication
And I spend the rest of the day
Waiting for it to wear off
Every night I stay up late
And make my state more desperate
Spend the rest of the night
Waiting for it to wear off

I'm waiting for the time
When I can be without
These things that make me feel
This way all of the time

Every now and then
I get the urge to drive around
Get into my car
And then I'll maybe go up town
Take my medication
Do my best to get it on
Spend the rest of the night
Waiting for it to wear off

I'm waiting for the time
When I can be without
These things that make me feel
This way all of the time

Every time I say this
I just know this time I mean it
But a feeling deep inside
Says "it's okay one more time"

I'm waiting for the time
When I can be without
These things that make me feel
This way all of the time

Makes me feel so good
Makes me feel so fine
Makes me feel so good
Leaves me fucked up inside

Medicate my days
Medicate my nights
Medicate my life
Don't it feel alright
Don't it feel so good
Lord don't it feel just fine
Don't it feel so good
Don't it feel so fine
Don't it feel so good
Leaves me fucked up inside

miércoles 9 de diciembre de 2009

Memoria.

"La memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier cosa."
"Es el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio."
Ray Loriga - Tokio ya no nos quiere.

Últimamente las cosas que recuerdo no parecen mías, no encuentro relación directa entre ellas y yo. Todo lo que hice en el pasado cobra vida propia, sigue evolucionando, mutando, y por otro lado yo hago lo mismo, hasta que no podemos reconocernos. Todo lo que las personas hacen se divide en dos: lo que hicieron, que se esfuma muy rápido, y lo que ellos y los demás, con el tiempo, creen que hicieron. El recuerdo es el fantasma de la acción, y entre ellos hay un leve parentesco que con los años se difumina más y más. Todo lo que se aprende se olvida. Mil veces seremos tontos, pero tontos diferentes, tontos que odian al tonto del pasado y temen al tonto del futuro. Nada se aprende de verdad ni para siempre, como mucho aprendemos a amortiguar el impacto de las relaciones humanas o a hacer huevos revueltos o a montar en bicicleta...etc.
Me gusta cambiar de parecer, una, dos, tres, las veces que sea. Me gusta. Así uno se libra de viejas cadenas y adquiere otras nuevas, tal vez más livianas,tal vez más pesadas... La nostalgia es suponer que las cadenas que lucíamos antes eran mejores o más bonitas. Siguen siendo cadenas, después de todo.
Es abrumador cómo las personas que creíamos importantes se van perdiendo con el vertiginoso avance del tiempo, hasta que terminan convertidas en pequeños puntitos planetarios, lejanos, fríos e inaccesibles. De ellas sólo queda el recuerdo, que seguro no tiene nada que ver con la persona como tal.
En estos días estaba pensando que las personas que se mueren hoy en día, no deben ver una película sobre su vida, llena de recuerdos de infancia y demás, como patéticamente se describe en las películas. Ahora los recuerdos son algo más inmediato, menos duradero. En vez de una película, las personas al morir deben ver su galería de Facebook, pasando a un ritmo acelerado, de una sonrisa a otra, de una fiesta aburrrida a una más aburrida, con diferente ropa, diferente compañía...entonces, cuando todo está a punto de terminar se preguntan ¿Son estos recuerdos verdaderos? ¿Siempre sonriendo, siempre de una fiesta aburridora a otra más aburridora? Rezo al cielo para no tener que ver mi estúpida cara una y otra vez antes de colgar los tennis.

Este diciembre no quiero recordar viejos diciembres. Quiero hacer un viaje a algún lugar desconocido. Salir de Medellín y/o de mi cabeza. Quiero que todos los recuerdos se pudran, convertirme en una tábula rasa. Sin recuerdos cuatroever.
Dejo una canción, para los que sí viajan.

The Morning After Girls - The Trip

lunes 7 de diciembre de 2009

Na...

The Raveonettes - It's christmas in Cleveland.


El dato curioso del día de hoy:


Sacado de:
http://cargocollective.com/learnsomethingeveryday/

Yo creía que el miedo a las cometas era infundado.

viernes 4 de diciembre de 2009

...vidad.

The Raveonettes- Christmas (baby please come home)

miércoles 2 de diciembre de 2009

Coincidencias.

Unos dicen que todo en la vida es coincidencia. Otros dicen que nada en la vida es coincidencia. No sé cuál de las dos posturas es menos incorrecta. Después de todo, el día a día consiste en hacer coincidir las piezas: eventos, lugares, personas. Sin embargo la coincidencia inesperada (improbable) a veces nos hace pensar como los segundos, porque nos hace sentir especiales, como si nos hubieran pintado con resaltador. Por lo tanto no puede ser una simple coincidencia, nos decimos. La debilidad de los segundos es que a veces reaccionan más allá del sentido común.
Digamos que la niña B tiene un perrito X de raza U. El perrito X está muy enfermo, está a punto de morir. La niña B lo sabe, pero no quiere saberlo, se niega a saberlo. Un día sueña que su perrito X muere. Cuando despierta se da cuenta que el perrito ha muerto en efecto. Sin saber que el sueño es producto de su conocimiento inconsciente del estado terminal del perrito, la niña acepta que es especial por haber predicho la muerte de su perrito, cuando es algo mucho más simple. Y si ahora agrego que en el mundo deben haber miles de niñas como B, con perritos como X, de raza U, moribundos, que sueñan que el perrito muere y al otro día muere; pues mierda, uno deja de sentirse especial de inmediato, aunque no sea una niña como B, con un perrito como X, de raza U.
Todo es coincidencia, pero es la coincidencia improbable la que nos hace creer que hay una fuerza que guía nuestras vidas... (según entiendo las circunstancias para que apareciera vida en la tierra, fueron una coincidencia muy improbable)

La coincidencia improbable que tuve esta mañana:
Terminé mis labores temprano. Tal vez exageré un poco por haber madrugado tanto. Fumé un poco de marihuana y me quedé quieto un rato en la cama. Me senté en el computador y, sin tener nada más que hacer, decidí jugar Unreal Tournament 2004 en línea. Hace rato no lo hacía. Escogí un servidor que prometía diversidad de niveles y esperé a que cargara.
Cuando entré al nivel ya tenían a mi equipo cogido del culo. Los rojos tenían dos Tanques parqueados a la entrada de la base de los azules. Los que intentaban salir a liberal el nodo de poder más cercano, terminaban siendo volados a la mierda por el fuego de los tanques. Subí al segundo piso, pero el Raptor (un vehículo volador) no estaba. Me armé y salí a luchar con los tanques, pero al pasar el umbral me volaron en mil pedazos. Reaparecí en la base, pero las Mantas (vehículos ágiles que pueden saltar y caer sobre los jugadores, decapitándolos) ya habían llegado . Me hicieron pedazos en segundos. Ya la derrota era un hecho, tres de los mejores soldados rojos estaban disparándole al corazón de la base azul. Nada que hacer.
Intenté detenerlos pero ellos eran mejores. Aparecía, moría y reaparecía.
Ya cuando el corazón de la base estaba en 23%, noté que un soldado rojo había dejado de disparar y se acercaba hasta mí. Su nombre era Nic. Vi mi nombre aparecer en el cuadro de diálogo entre signos de interrogación. No me acordaba pero había puesto mi nombre completo como nickname para mi personaje. Le respondí: Sí, ese soy.
5%
4%
3%
-Parce, nos pillamos en el próximo nivel- me dijo.
2%
1%
0%
El equipo azul ha perdido.
Negro.
Votación para elegir el siguiente nivel.
Gana Torlan.
Cargando Torlan, espere por favor.
Mientras tanto pensaba quién carajos sería ese tipo. Nunca creí posible encontrarme con un conocido en un juego en línea tan viejo. Era una coincidencia.
Start.
Nic me envió un mensaje privado, me dijo que nos viéramos en la torre en el centro de Torlan, para poder conversar sin que nos estuvieran asesinando cada cinco segundos. Tomé el Raptor de la base azul y salí hacia la torre. Allá esperaba otro Raptor del equipo rojo, y al lado estaba el personaje Nic. Cuando por fin lo pude detallar, parecía un extraterrestre cochino. No sé él que pensaría de mi imagen: una chica punkera con tetas deliciosas y semi calva.
-¿Vos sos C.D, de Medellín?
-Sí, el mismo.
-Ah marica, nosotros estudiamos juntos, no te acordás de mí, ¿N.O?
-¿N.O? Vea, mera coincidencia.
Mientras tanto ambos matábamos con el francotirador a los incautos, sin importar el equipo al que pertenecieran.
-¿Y qué más de su vida?- me preguntó.
-Nada- le respondí.
N.O fue un amigo del colegio. Nos emborrachábamos constantemente.
-Yo estoy en las mismas.
-¿Y por qué juega Unreal Tournament 2004?
-Porque mi computador es un asco. Me imagino que el suyo igual.
-Sí, es verdad.
Luego me acordé que el tipo me había hecho una cagada y que por eso habíamos cortado contacto. De repente me acordé lo mucho que me quise vengar entonces. Cambié de francotirador a misiles, y cargué tres. Le apunte a la cara y lo dejé hecho virutas de carne.
Seguí jugando un rato, sin importarme el bienestar del equipo azul. Lo buscaba, lo acorralaba y lo aniquilaba. El tipo no era muy hábil. Lo más risible es que me pidió perdón por el chat box. Entonces le respondí que no tenía que pedir perdón, después de todo se trataba sólo de un juego.
Me pidió el teléfono para que saliéramos a beber con unas chimbitas. Fue entonces cuando me desconecté.

Ahora no sólo se encuentra uno con gente indeseada en el mundo real, están en todas partes, pensé.
Concluí que siempre coincido con los indeseables. Y por eso me llegué a sentir especial, como una de esas trampas azucaradas que atraen a las moscas para matarlas.
Me volví a conectar para aniquilarlo un poco más, pero ya no estaba.

P.D
Un par de covers:

Pas de printemps pour Marnie - Nothing much to lose.


Pas de printemps pour Marnie - No more sorry

martes 1 de diciembre de 2009

Sin sentido.

Es un hecho: la vida no tiene ningún jodido sentido. Busque por donde busque, el hombre no puede dar con la respuesta que le otorgue sentido al universo, la vida y todo lo demás. Puede pasar como en la novela del mismo nombre ("El universo, la vida y todo lo demás" de Douglas Adams) en la que a una súper-computadora se le da la tarea de resolver las grandes intrigas y tras muchos años de procesar, arroja un resultado que nadie entiende. El resultado es 42. Me imagino el dolor de cabeza. Como dato curioso, si le pregunta a Wolfram por el significado de la vida (http://www.wolframalpha.com/input/?i=meaning+of+life)le dirá que es 42.


“only when you know the question will you know what the answer means”

13.000.600.000 de años han transcurrido desde el Big Bang, y por sentido común se puede suponer que esa es la edad del universo. El primer uso de la palabra universo data de 1589, es decir, hace 420 años. El numerito de tres cifras se ve ahogado en el océano de ceros, fácilmente adherible al ingente de cifras (el universo, la cosa, es 30953809,52 veces más viejo que el universo, la palabra). Lo que trato de decir es que somos unos micos que llevan usando 420 años una palabra para designar algo demasiado antiguo. Casi tan patético como un perro que le diga a la TV "guau guau guau" y crea que se está refiriendo a la cosa como tal, algo que nunca podrá entender del todo.
Regreso al punto inicial: la vida no tiene ningún jodido sentido. Sé que la afirmación es tan rebatible como cualquier otra afirmación. Es un asunto de semántica, después de todo no hay algo verdaderamente inefable, y si lo hay, pues nunca podremos entenderlo, entonces: ¿para qué tanta preocupación?
Sí, ya sé que las manzanas caen, que hay movimientos parabólicos y pendulares y bla, cosas predecibles, categorizables, con sentido. Sin embargo hablo desde una perspectiva personal...muchas de las cosas que he vivido se irán conmigo al morir (cuando mi taza de entropía aumente vertiginosamente y deje de ordenarme a expensas de la entropía universal) sin embargo he tenido que hacerlas porque son parte del argumento humano: estudiar, aprender los modos sociales, intimar, producir dinero, etc. Y al final nada valió de nada, engullido por el monstruo de 13.000.600.000 años. Ahora, si la gente sabiendo o intuyendo este tipo de cosas, sigue con sus vidas como si nada, es porque la vida no tiene sentido.
No entiendo la vida, pero tampoco me entiendo a mí ni a las personas. El mito de que somos algo concreto y macizo me aterra. Para mí es difícil identificarme con el tipo que solía ser unos años atrás, entre los dos hay una relación de vergüenza mutua. Cada que me doy cuenta que tengo las uñas largas y que debería cortármelas, entro en un estado extraño, como si el intervalo entre la última vez que vi mis uñas largas y el momento presente en el que me las estoy viendo, hubiera sido irreal. Sólo un sueño del que despierto cuando me doy cuenta que las uñas me siguen creciendo, que no estoy haciendo nada con mi vida, que ese es mi estandarte...tal vez debería mandar a hacer un escudo familiar que tenga que ver con uñas.
Pues bien, además de lo difícil que es comprender el universo, nosotros también somos complejos y tal vez es nuestra naturaleza la que nos tiene vedado entender nuestra naturaleza.
En estos días leí, por ejemplo, que las hembras de los mamíferos superiores gimen mientras follan como parte de un complejo sistema de supervivencia. Tiene que ver con la batalla espermática (que suena tan horrible como es) que consiste en la incesante lucha por follar, por dejar las semillas en la trampa femenina. Como al final todo se trata de la supervivencia de la especie (como explique anteriormente, los logros individuales no son importantes, salvo contadas excepciones) las hembras gimen mientras follan, para que machos circundantes las escuchen y esperen su turno después del macho que está en acción. Entre más espermatozoides, más variedad y más posibilidad de embarazo. Es divertido, si la tierra empezara un proceso de panspermia, lo más seguro es que los chinos serían los únicos capaces de atravesar la árida vagina universal. Los números cuentan.
(
"Se ha sugerido que los apareamientos múltiples con el mismo macho son una estrategia femenina para disminuir la capacidad espermática de sus parejas y así, al monopolizar los apareamientos, lograr que el macho se dedique a las crías, porque el semen es abundante pero no infinito". Eso lo dice Antonio Vélez en su libro Homo Sapiens.
)
Que la vida no tiene ningún sentido. Somos esclavos de la genética, de una historia milenaria que ni siquiera conocemos. Todavía muchos creen en religiones basadas en la astrología, como lo es el mismo cristianismo, según dio a entender Zeitgeist. Los estados son como reyes, y aunque el mundo moderno se precie en decir que el individuo es fuerte por sí solo y que puede cambiar el status quo si así se lo propone, no es más que una ilusión. Las patéticas e inocuas guerras entre los ignorantes reaccionarios y los ignorantes policías en la universidad, dejan claro que es un permiso, un juego, un ritual de conciliación entre las dos partes.
Aborrezco a los que se separan de los animales, se distinguen del hombre antiguo por ser un bárbaro, e incluso no toleran que les recuerden que fueron metaleros en su adolescencia.
Me viene a la mente este fragmento de "I don't wanna grow up" de Tom Waits
"How do you move in a world of fog,
thats always changing things
Makes me wish that I could be a dog"



o



Toda la cantinela se vuelve circular en este punto, porque la vida no tiene ningún puto sentido si tenemos que envejecer. Como dice la canción, no quiero "pagar el precio que tú pagas" por participar en la carrera de relevos que es la vida nuestra, la vida de nuestra especie.
Con la muerte ni siquiera recordaremos que fuimos humanos, que hablábamos español, que conocíamos los números ... todo de nuevo a la papelera de reciclaje. A veces me haces vomitar naturaleza, pero al menos me regalas oxitocina y serotonina en momentos dados.
La muerte tampoco tiene sentido, no es entendible...aunque de ella venimos.
Cambio y fuera.